Cardiacs: La banda que convirtió el exceso en precisión

Actualizado: 6 oct

A Little Man and a House and the Whole World Window de Cardiacs
En 1988, Cardiacs publicó un disco donde punk, pop, psicodelia, teclados, metales, percusiones, melodías de feria y cambios de dirección parecían competir por ocupar el mismo segundo, en una coexistencia sonora difícil de comparar con cualquier otra cosa. A Little Man and a House and the Whole World Window podría haber sido un desastre. En cambio, se convirtió en una de las demostraciones más extrañas de que el caos también puede construirse con exactitud.

Mini Ficha Técnica
Disco de entrada: A Little Man and a House and the Whole World Window
Artista: Cardiacs
Año de publicación: 1988
Duración: 44:47
Productor: Tim Smith
Discográfica: Alphabet Business Concern Records
Coordenada Sonora: Art-Rock Barroco, Pop Teatral, Psicodelia de Feria, Caos Milimétrico
Hay canciones que parecen saber exactamente a dónde van. Cada nota, cada acorde, cada sonido ocupa un lugar premeditado. Empiezan en un sitio, reconocen el camino, encuentran un coro, regresan a casa y procuran no perder a nadie durante el trayecto.

Aquí la receta consiste en construir desde el caos sonoro. Sus temas avanzan, retroceden, suben unas escaleras, atraviesan una pared, se detienen frente a una banda militar, persiguen durante algunos segundos una melodía infantil, recuerdan que estaban tocando rock, aceleran, cambian de dirección y, justo cuando uno cree haber entendido lo que ocurre, aparece un teclado, una trompeta o un golpe de percusión para informar amablemente que no, que todavía falta otra habitación.
Lo extraordinario es que nada termina derrumbándose.
Hay tanto caos sostenido por estructuras armónicas tan firmes que las capas adicionales de sonido encuentran un lugar donde asentarse sin perder el rumbo.
En A Little Man and a House and the Whole World Window hay momentos en los que parece que alguien hubiera arrojado una caja de música por las escaleras y todas sus piezas, contra cualquier posibilidad razonable, hubieran caído exactamente en el sitio correcto.
Ahí comienza el problema de Cardiacs: resulta difícil explicar qué demonios son. Rock, indudablemente. Pero eso sirve de muy poco. La definición se queda corta. No alcanza a cubrir todas las aristas de semejante ejercicio musical.
Durante años se intentó colocar alrededor de la banda etiquetas como progresivo, punk, psicodelia, art rock o aquella combinación aparentemente lógica de prog-punk que Cardiacs nunca terminó de aceptar. Y es comprensible. Su música podía contener la violencia breve del punk y, segundos después, comportarse con el gusto por la complejidad del progresivo; podía recurrir a marchas, himnos, melodías torcidas de folk británico, canciones infantiles, psicodelia y enormes momentos pop sin considerar necesario pedir permiso a ninguno de esos géneros. Quizá sea más sencillo pensar que Cardiacs era una banda de rock que había decidido ignorar una de las convenciones fundamentales del rock: la obligación de comportarse razonablemente.
Su historia tampoco ayudaba demasiado. Tim Smith había comenzado una versión temprana del grupo junto a su hermano Jim hacia finales de los setenta; primero fueron The Filth, después Cardiac Arrest y finalmente Cardiacs. Para cuando llegó A Little Man and a House and the Whole World Window, ya existían varias grabaciones anteriores, incluidas tres ediciones en casete y el EP Big Ship.
Sin embargo, el disco de 1988 sería considerado por la propia historia del grupo como su primer álbum propiamente dicho, la primera ocasión en que aquel universo pudo desplegarse con recursos de estudio suficientes. Fue grabado entre 1985 y 1987 en The Workhouse, en Londres. La formación de entonces tampoco era precisamente austera.
Tim Smith llevaba guitarra y voz; Jim Smith, bajo y voces; Sarah Smith, saxofones y clarinete; William D. Drake, teclados; Tim Quy, marimba y percusiones; Dominic Luckman, batería. Para el álbum todavía se añadieron violines, trombones, trompetas y cornos.
Era, en otras palabras, exactamente la cantidad de gente que uno esperaría encontrar detrás de una música que parece sufrir alergia a los espacios vacíos. Pero Cardiacs no se conformaba con hacer canciones tan peculiares.
Alrededor del grupo existía toda una mitología teatral encabezada por The Alphabet Business Concern, una supuesta organización que controlaba sus movimientos mediante personajes como The Consultant y Miss Swift. En escena, la banda aparecía sometida a aquella burocracia ficticia, vestida y maquillada dentro de un espectáculo que podía alternar celebración, disciplina absurda y una especie de crueldad de caricatura. La ficción fue sostenida durante años hasta contaminar incluso la historia oficial del grupo, donde realidad y broma siguen resultando deliberadamente difíciles de separar.

Cardiacs alcanzó ese extraño punto de equilibrio donde los delirios escénicos y musicales podían convivir sin reparos dentro de una misma trama: ficticia e increíble, rigurosa y absurda, tan disímbola como delirante. Eso importa porque A Little Man and a House and the Whole World Window no suena simplemente como una colección de canciones extravagantes. Suena como un mundo con sus propias leyes, regido por principios estéticos y sonoros estrictos.
La pieza que le da parcialmente nombre al álbum abre la puerta sin demasiado interés en facilitar la entrada. A Little Man and a House acumula cambios, teclados, percusiones, metales y pequeñas señales que parecen conducir hacia algún sitio mientras la estructura continúa moviéndose debajo de los pies. Hay algo de desfile y algo de maquinaria; una sensación simultánea de pequeñez individual y enormidad exterior que termina convirtiéndose en una de las imágenes centrales del disco.
Después aparece In a City Lining y resulta evidente que Cardiacs no utiliza la complejidad como demostración académica. Los cambios ocurren porque la canción parece necesitar desesperadamente moverse. Las guitarras pueden entrar de forma cortante, los teclados empujar desde atrás y la melodía girar repentinamente sin que todo aquello pierda una extraña cualidad pop. Ésa es quizá una de las cosas más desconcertantes de Cardiacs. Debajo de toda la locura hay canciones. Canciones de verdad.
Hay algo de orden entre tanto ruido, y ese orden parece resuelto con una precisión casi matemática, como si alguien se hubiera encargado de acomodar estructuras de todos los tamaños dentro de un espacio donde únicamente la obsesión por el detalle permite que todo pueda coexistir. Melodías capaces de permanecer cuando el atropello instrumental ha terminado.
Y ninguna demuestra mejor esa posibilidad que Is This the Life?, el momento en que Cardiacs estuvo más cerca de mirar hacia el mundo convencional sin dejar completamente de ser Cardiacs. La canción recibió difusión radiofónica y alcanzó el número 80 en la lista británica, un éxito modestísimo para cualquier artista comercial pero casi una anomalía para una banda que parecía haberse diseñado expresamente para incomodar cualquier categoría disponible.
Escuchada dentro del álbum, Is This the Life? tiene algo casi desconcertantemente directo. La guitarra encuentra un motivo reconocible, la estructura permite respirar y durante unos minutos aparece la posibilidad de que Cardiacs pudiera haber sido una banda bastante normal. La ilusión no dura demasiado.
Dive, The Icing on the World y The Breakfast Line vuelven a retorcer el mecanismo. Las canciones avanzan mediante interrupciones, cambios de velocidad, coros repentinos y pequeñas explosiones instrumentales. No se trata simplemente de tocar rápido o de introducir muchas notas.
Lo extraño está en la densidad de decisiones: la sensación de que Tim Smith podía tener cinco ideas buenas para una canción y no veía motivo alguno para elegir solamente una. En otro grupo aquello habría producido saturación. Aquí produce lenguaje.
Y entonces llega R.E.S., donde buena parte de las obsesiones de Cardiacs parecen comprimirse hasta convertirse en una especie de celebración imposible: ritmos que se desplazan, melodías que chocan, cambios que parecen diseñados para perder al oyente y una ejecución suficientemente exacta para recordar que detrás de todo este aparente disparate había músicos que sabían perfectamente dónde debía caer cada golpe. Por eso llamar desordenada a esta música termina resultando insuficiente.
El caos verdadero no necesita ensayo. Cardiacs sí. Su música parece descontrolada precisamente porque está extraordinariamente controlada. Ese contraste también explica la reacción casi binaria que la banda provocó durante años. Cardiacs fue uno de esos grupos capaces de generar rechazo feroz y devoción igualmente feroz. Sus conciertos podían resultar desconcertantes para públicos que no sabían qué hacer con aquello; al mismo tiempo, alrededor de Tim Smith terminó formándose una comunidad extraordinariamente leal.
Músicos de mundos tan distintos como Blur, Faith No More, Napalm Death y Radiohead expresaron admiración por ellos, mientras la fama general de Cardiacs permanecía comparativamente pequeña.
Y ahí aparece la pregunta inevitable. ¿Cómo puede una música dejar una huella tan profunda en quienes la encuentran y permanecer, al mismo tiempo, prácticamente invisible para millones de personas que podrían adorarla?
Quizá porque Cardiacs nunca ofreció una puerta de entrada especialmente cómoda. Había que aceptar sus términos. Aceptar que una melodía podía durar apenas unos segundos antes de ser sustituida por otra. Que el punk podía convivir con una marcha. Que un teclado podía comportarse como una atracción de feria. Que la técnica no tenía por qué ser solemne. Que algo tremendamente complicado podía ser también infantil, gracioso, ridículo, emocionante y hermoso. Y, sobre todo, aceptar que también este estilo musical podía ser una decisión estética legítima.
Después de escuchar A Little Man and a House and the Whole World Window varias veces ocurre algo curioso. Lo que inicialmente parecía una acumulación empieza a adquirir sentido. Algunas melodías regresan. Los cambios dejan de parecer accidentes. Aparecen conexiones. Uno comienza a anticipar pequeñas curvas que en la primera escucha parecían completamente absurdas. El edificio sigue siendo extraño. Simplemente hemos aprendido dónde están las escaleras. La rareza está en otro sitio.

A Little Man and a House and the Whole World Window no necesita que el tiempo lo vuelva menos extraño. Más de tres décadas después continúa saltando, chocando, acumulando melodías y cambiando de dirección como si alguien todavía persiguiera sus canciones por los pasillos intentando pedirles que se comporten. Nunca lo hicieron. Y probablemente ahí esté toda la gracia.
Porque algunas bandas encuentran una fórmula y pasan el resto de su carrera perfeccionándola. Cardiacs encontró un mundo entero y decidió meterlo dentro de una canción.
Ideal para escuchar cuando
Tienes ganas de que una guitarra te lleve hacia un sitio y cinco segundos después descubras que el sitio ya no existe; cuando el orden parece demasiado aburrido y hace falta recordar que el exceso también puede ser una forma de precisión.
Ruta de escucha sugerida
Sparks – Kimono My House (1974, Island Records) Para entrar al pop británico desde su lado más teatral y desobediente: melodías enormes, falsetes imposibles y canciones que convierten la extravagancia en una virtud.
Devo – Q: Are We Not Men? A: We Are Devo! (1978, Warner Bros.) Para escuchar otra manera de desmontar el rock y volver a construirlo con ritmos angulares, humor extraño, rigidez deliberada y una idea completamente propia de cómo debía comportarse una banda.
XTC – Drums and Wires (1979, Virgin Records) Para seguir la ruta de guitarras nerviosas, melodías pop y estructuras que parecen normales únicamente hasta que uno comienza a mirar sus ángulos.
Mr. Bungle – California (1999, Warner Bros.) Para comprobar, una década después de Cardiacs, hasta dónde puede llegar una canción cuando cambiar de género, velocidad, atmósfera y lógica deja de ser una excepción y se convierte en el idioma principal.
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