Edición Especial · Día de Muertos 2026


Entre máscaras, ofrendas y canciones para la eternidad
ACTO I. LOS ROSTROS QUE LE DIMOS A LA MUERTE
El misterio, los mitos y las criaturas que inventamos para comprender lo desconocido.
1. The Sonics — The Witch
Álbum: Here Are the Sonics (1965)
2. Chavela Vargas — La Llorona
Álbum: La Llorona (1990)
3. Siouxsie and the Banshees — Halloween
Álbum: Juju (1981)
4. Santa Sabina — Una canción para Louis (Vampiro)
Álbum: Símbolos (1994)
I. Los rostros que le dimos a la muerte
Hace aproximadamente cien mil años, en una cueva de lo que hoy conocemos como Israel, algunos seres humanos enterraron a sus muertos. En aquel lugar, llamado Qafzeh, los arqueólogos encontraron restos humanos acompañados de ocre rojo, un pigmento cuya presencia sugiere posibles prácticas rituales.
Desconocemos qué pensaban nuestros antepasados más remotos sobre la muerte. Los registros arqueológicos nos permiten reconocer antiguas prácticas funerarias, pero no terminan por revelarnos aquel impulso primigenio por comprender lo que ocurría después de morir. No sabemos si imaginaban otra existencia, si temían a los espíritus o si aquellos entierros constituían simplemente una manifestación de respeto. Pero sus restos nos recuerdan que nuestra relación con la desaparición de quienes nos rodean posee una historia extraordinariamente antigua, anterior incluso al nacimiento de las primeras civilizaciones. Desde entonces, las culturas han construido distintas respuestas ante el mismo misterio. Algunas imaginaron mundos subterráneos; otras, la resurrección, el renacimiento o la continuidad espiritual. La ciencia nos ha permitido comprender los mecanismos biológicos que determinan el final de una vida, pero las preguntas sobre su significado continúan perteneciendo a la filosofía, la religión y la experiencia personal.
La muerte es universal. Nuestra manera de comprenderla, no.
Quizás por eso le hemos inventado tantos rostros. La convertimos en dioses, esqueletos, fantasmas y criaturas que recorrían los bosques cuando la luz desaparecía. Le otorgamos territorios, ceremonias y fechas dentro del calendario. Le dimos un cuerpo a lo que no tiene forma. La ataviamos con símbolos, le atribuimos poderes y hasta intenciones profundamente humanas. Y como a tantos otros misterios de nuestra existencia, también aprendimos a ponerle música.
En octubre de 1964, una joven banda estadounidense de Tacoma, Washington, publicó una canción que parecía desafiar las convenciones del rock de su época. The Sonics, encabezados por la voz desgarrada de Gerry Roslie, habían decidido llevar al extremo la distorsión, la energía y el volumen de sus instrumentos.

El sencillo se titulaba The Witch. Un golpe de batería, un riff obstinado de guitarra y saxofón y los alaridos de Roslie bastaban para construir algo que la radio de entonces no sabía dónde colocar. La canción había sido pensada para la temporada de Halloween, y el 31 de octubre de 1964 consiguió sonar en KJR, una importante emisora de Seattle.
Aquella bruja no era exactamente un personaje salido de la mitología: en la letra aparecía como una mujer peligrosa, vista a través de la provocación adolescente. Pero el rock comenzaba a apropiarse de un vocabulario que Estados Unidos había hecho suyo: monstruos de matiné, casas encantadas, disfraces y criaturas de la noche.
Halloween no había nacido en Hollywood. Su historia reunía tradiciones de las islas británicas, antiguos festejos como Samhain y celebraciones cristianas, llevadas y transformadas en Norteamérica por sucesivas generaciones. El cine, la publicidad y finalmente las guitarras eléctricas agregaron nuevos disfraces a aquellos temores heredados. Al sur de esa geografía, otro fantasma habitaba desde hacía generaciones la imaginación popular: una mujer cuyo llanto parecía escucharse cerca de los ríos y los caminos.
La llamamos La Llorona.

La leyenda posee múltiples versiones, aunque la canción que lleva su nombre tiene una trayectoria distinta: pertenece al son istmeño de Oaxaca, con coplas que hablan del amor y el desconsuelo. Su origen no puede reducirse al relato de la aparición que busca a sus hijos.
En la voz de Chavela Vargas, La Llorona parece abandonar cualquier distancia entre intérprete y canción. No es solo la aspereza de su timbre, sino el modo en que deja respirar cada palabra, como si detrás de ella permaneciera algo que nunca logró decirse.
The Sonics habían convertido el miedo en estruendo. Chavela encontraba en el lamento una forma de estremecernos. Una bruja y una mujer que llora: dos imágenes distintas de esa necesidad humana de darle una voz a lo que nos inquieta. Pero los fantasmas también cambian con el tiempo.

En 1981, Siouxsie and the Banshees incluyeron Halloween en Juju. Las guitarras angulosas de John McGeoch y la percusión de Budgie construyen una atmósfera febril; la fiesta y la máscara se vuelven imágenes perturbadoras de la memoria y de la identidad.
Aquella no era una pieza del folclore británico, sino su reinterpretación desde el post-punk. El pasado de las islas convivía ahora con una estética moderna, donde ponerse una máscara podía ser tan inquietante como descubrir lo que escondíamos detrás de ella.
Pero aquel imaginario de sombras también encontraría un lenguaje propio dentro del rock mexicano.

En 1994, Santa Sabina publicó Símbolos, un álbum donde el rock, la experimentación y las atmósferas góticas parecían habitar un mismo universo. Entre sus composiciones aparecía Una canción para Louis (Vampiro), escrita por la poeta Adriana Díaz Enciso e inspirada en Entrevista con el vampiro, de Anne Rice.
La escritora compartía con Rita Guerrero una profunda fascinación por aquellas criaturas condenadas a la inmortalidad. Y en la voz de Rita, el vampiro dejaba de ser simplemente una figura aterradora para convertirse en un ser profundamente trágico.
La eternidad, tantas veces imaginada como una victoria sobre la muerte, adquiría entonces el rostro de una condena. La música avanzaba entre la tensión y el desconsuelo, mientras aquella criatura parecía suplicar precisamente lo que los seres humanos tanto tememos: el final de su existencia. Siouxsie había convertido Halloween en un territorio inquietante de máscaras y recuerdos. Santa Sabina nos conducía hacia una paradoja todavía más perturbadora: ¿qué ocurriría si aquello que consideramos inevitable, nuestra propia muerte, fuera precisamente lo único que nos estuviera prohibido?
Quizá por eso inventamos monstruos. Porque al imaginarlos, también terminamos preguntándonos qué significa verdaderamente estar vivos.
En México, los rituales dedicados a los muertos siguieron otros caminos. Las conmemoraciones católicas de noviembre se encontraron con antiguas formas indígenas de honrar a los difuntos y con tradiciones locales que aún hoy difieren de una región a otra. En la Huasteca, el Xantolo llena las calles de máscaras y danzas; en muchas casas, las ofrendas reúnen flores, alimentos, veladoras y fotografías.
Lo conmovedor de esa costumbre es su sencillez: recordar qué le gustaba comer a alguien, encontrar su retrato, hacerle un lugar en la mesa.
Quizá por eso una ofrenda no es solamente un conjunto de símbolos. Es una conversación que los vivos mantienen con sus recuerdos. Alguien acomoda una fotografía; otra persona menciona una anécdota; los demás terminan riendo de algo que el ausente solía hacer. Por unos instantes, la tristeza y la alegría ocupan la misma habitación.
Hemos temido a la muerte, le inventamos rostros y la hicimos protagonista de canciones. Pero entre disfraces, danzas y ofrendas descubrimos otra posibilidad, tan desconcertante como humana: mirarla de frente y, por un momento, invitarla a bailar.
ACTO II. LA MUERTE TAMBIÉN SABE BAILAR
La irreverencia, las celebraciones y la extraordinaria alegría de sabernos vivos.
05. Oingo Boingo — Dead Man's Party
Álbum: Dead Man's Party (1985)
06. Antonio Aguilar — Un Puño de Tierra
Álbum recopilatorio: Un Puño de Tierra (1998)
Hay algo profundamente contradictorio en nuestra manera de relacionarnos con la muerte. Le tememos, intentamos comprenderla y construimos ceremonias para despedir a quienes se marchan. Pero también nos burlamos de ella. La convertimos en caricatura, le escribimos versos irreverentes y, de vez en cuando, hasta la invitamos a nuestras fiestas. No necesariamente le faltamos al respeto; quizás intentamos hacer más llevadera su presencia mediante una de nuestras expresiones más humanas: la música.

En 1985, Oingo Boingo, la extravagante agrupación californiana encabezada por Danny Elfman, publicó Dead Man's Party, un álbum que parecía reunir la teatralidad del cine de terror con la energía del new wave y el rock estadounidense.
La canción que le daba nombre era una auténtica celebración de lo macabro.
Una base rítmica insistente, guitarras nerviosas y arreglos de metales construyen una atmósfera donde lo siniestro termina siendo irresistiblemente bailable. Su particular sonido incorporaba influencias africanas que Elfman había conocido durante sus viajes, integradas a una propuesta musical tan excéntrica como fascinante. La muerte ya no esperaba silenciosamente detrás de una puerta.
Ahora organizaba una fiesta. Elfman había crecido fascinado por las películas de monstruos y el humor negro. Con Oingo Boingo encontró un escenario perfecto para transformar aquella fascinación en música. La muerte podía ser aterradora, desde luego, pero también resultaba absurdamente cómica cuando se la observaba desde cierta distancia. No se trataba de despreciar el dolor, sino de oponerle esa irreverencia tan humana que, en ocasiones, consigue aligerar incluso nuestras tragedias más profundas.
No era una actitud completamente ajena a nuestras propias tradiciones. A finales del siglo XIX y principios del XX, José Guadalupe Posada convirtió a las calaveras en protagonistas de una extraordinaria sátira social. Sus esqueletos aparecían vestidos como personajes de la vida cotidiana, participaban en acontecimientos públicos y ridiculizaban las pretensiones de una sociedad que parecía olvidar su condición mortal.
De aquel universo surgió la célebre Calavera Garbancera, que décadas después Diego Rivera inmortalizaría bajo la identidad de La Catrina.
La muerte, representada con elegancia y una sonrisa descarnada, parecía recordarnos que debajo de los vestidos, los títulos y las diferencias sociales, todos compartimos el mismo destino. Las calaveras literarias también formaban parte de aquella tradición de ingenio y sátira. Sus versos podían anticipar el fallecimiento imaginario de algún personaje público o convertir las desgracias cotidianas en pequeñas comedias funerarias. La muerte había dejado de ser intocable.
Y en la música popular mexicana también encontraría intérpretes dispuestos a mirarla sin demasiada solemnidad.

Pocas voces representan mejor ese espíritu que la de Antonio Aguilar. En Un Puño de Tierra, el cantante zacatecano transforma una reflexión sobre nuestra existencia pasajera en una declaración de libertad. Su interpretación, acompañada por el carácter festivo de la música regional mexicana, parece celebrar una vida que sabe perfectamente hacia dónde se dirige.
La canción no necesita grandes explicaciones filosóficas. Su argumento es tan sencillo como contundente: las riquezas que acumulamos, las posesiones que defendemos y buena parte de aquello que consideramos indispensable terminarán quedándose aquí.
No nos llevamos nada. Tan trágico como cierto. Desde el rey más acaudalado hasta quien nunca poseyó fortuna alguna, nadie consigue llevar consigo los bienes que reunió durante su existencia.
Es una versión profundamente popular del antiguo memento mori, aquella invitación a recordar nuestra mortalidad que ha recorrido durante siglos la filosofía y el arte.
Pero hay una diferencia hermosa entre reconocer que vamos a morir y vivir permanentemente aterrados por esa certeza. Antonio Aguilar parece comprenderla.
Su canción no nos pide abandonar el mundo, sino disfrutarlo mientras podamos. Encontrar placer en las pequeñas libertades, en la compañía de nuestros seres queridos y en esos momentos que rara vez consideramos extraordinarios hasta que se convierten en recuerdos.
Danny Elfman había convertido a los muertos en invitados de una fiesta imposible. Antonio Aguilar nos recordaba que la nuestra todavía no termina. Y quizá ambos tenían algo de razón. Porque reírnos de la muerte no significa ignorar su existencia. A veces es justamente lo contrario: reconocerla con suficiente claridad como para comprender que ninguna de nuestras oportunidades es eterna.
Sin embargo, toda celebración tiene un último acorde. Y cuando la música termina, las luces se apagan y los invitados regresan a sus casas, queda una pregunta que ninguna broma consigue responder.
¿Qué ocurre cuando la muerte deja de ser un personaje imaginario y se lleva a alguien cuyo nombre conocemos?
Entonces desaparecen las máscaras. Y comienza la verdadera historia de la ausencia. Una ausencia que duele, pero que algunas veces encuentra en la música una manera de resistirse al olvido.
ACTO III. LOS NOMBRES QUE NUNCA SE MARCHARON
La amistad, el duelo, las despedidas y la memoria de quienes amamos.
07. Puff Daddy, Faith Evans & 112 — I'll Be Missing You
Álbum: No Way Out (1997)
08. Rocío Dúrcal — Amor eterno
Álbum: Canta a Juan Gabriel, Volumen 6 (1984)
09. Warren Zevon — Keep Me in Your Heart
Álbum: The Wind (2003)
10. Susana Harp — La MartinianaÁlbum: Xquenda (1997)
Hay un momento particularmente difícil después de una despedida. Ocurre cuando las visitas se han marchado, las conversaciones terminan y la casa recupera un silencio que ya no se parece al de antes. Frío de ausencia. Un nudo en la garganta tan apretado que a veces sentimos que apenas nos permite respirar. La muerte también duele para todos los que nos quedamos.
Los objetos permanecen en su sitio. La ropa continúa guardada, las fotografías siguen sobre los muebles y las habitaciones conservan el aspecto de una vida que, hasta hace poco, transcurría con absoluta normalidad. Todo parece estar donde siempre, excepto la persona que daba sentido a una parte de aquel pequeño universo.
Resulta increíble cómo una sola presencia puede dar forma a todo un universo y cómo su desaparición consigue transformarlo por completo. A pesar de que todos los seres humanos compartimos el mismo destino, cuando alguien profundamente amado muere, algo de nosotros parece marcharse con él.
Porque la muerte tiene esa particular crueldad: transforma lo cotidiano en un territorio de añoranzas. El duelo puede parecer una ciénaga oscura por la que avanzamos lentamente, intentando distinguir pequeñas luces entre nuestros recuerdos.
Y entonces comprendemos que no extrañamos únicamente a quienes se fueron. Extrañamos también las pequeñas cosas que hacíamos con ellos, las conversaciones que nunca consideramos importantes y aquella forma irrepetible en que su presencia acompañaba nuestros días.

En 1997, Puff Daddy, Faith Evans y 112 publicaron I'll Be Missing You, una canción dedicada a Christopher Wallace, conocido como The Notorious B.I.G., asesinado en marzo de aquel año.
Sobre la reconocible melodía de Every Breath You Take, de The Police, el hip-hop y el R&B encontraron una manera profundamente melancólica de rendir homenaje a una vida interrumpida. Los versos de Puff Daddyevocaban la ausencia de un amigo y compañero musical, mientras la voz de Faith Evans adquiría una dimensión todavía más íntima: ella también estaba despidiendo a quien había sido su esposo.
La canción nació del deseo de volver a conversar con alguien que ya no podía responder.
Y quizá ahí reside parte de su belleza. Porque existen amistades que trascienden los años, las distancias y hasta los vínculos familiares. Personas que conocieron nuestras primeras ilusiones, acompañaron nuestros errores y compartieron historias que solamente pueden comprender quienes estuvieron presentes cuando sucedieron.
A veces comenzamos a entender la profundidad de esas pérdidas al mirar a nuestros padres o hermanos despedirse de sus viejos amigos. En sus silencios descubrimos que no solamente extrañan a una persona, sino también una parte de la juventud que compartieron.
Y existen otras ausencias, igual de entrañables, que no necesitan palabras. La de un perro que reconocía nuestros pasos antes de abrir la puerta. La de un gato que durante años eligió el mismo rincón para dormir. Compañeros silenciosos que hicieron de nuestra casa su mundo y cuya partida también deja habitaciones distintas.
Porque el amor no siempre necesita palabras para echar raíces. Y cuando alguno de esos compañeros se marcha, no desaparece solamente su presencia. También se transforma una parte de nuestras costumbres, de nuestros días y de la historia que imaginábamos seguir compartiendo.
Quizá por eso nos aferramos a las fotografías, repetimos las historias familiares y conservamos objetos cuyo valor solamente nosotros comprendemos.
Son pequeñas maneras de impedir que el tiempo termine por llevarse todo.
Pero hay canciones que no necesitan pronunciar muchos nombres para despertar el recuerdo de alguien en particular.

En 1984, Rocío Dúrcal grabó Amor eterno, una composición de Juan Gabriel que terminaría convirtiéndose en una de las grandes elegías de la música en español.
Vinculada por su compositor con la pérdida de su madre, Victoria Valadez, aquella canción posee una cualidad extraordinaria: millones de personas pueden encontrar en ella una historia propia.
La interpretación de Rocío parece sostenerse sobre una herida que nunca termina de cerrarse. Su voz avanza entre la nostalgia y el desconsuelo, acompañada por una instrumentación que permite a cada frase conservar toda su intensidad.
Y entonces sucede algo que pocas composiciones consiguen. Dejamos de escuchar a Rocío Dúrcal. Comenzamos a recordar.
Y entonces los recuerdos comienzan a ocupar su lugar, como objetos entrañables en un viejo estante de la memoria: un rostro, unos ojos, el timbre de una voz, el aroma de un perfume, aquel libro favorito, la música que escuchábamos juntos.
Por un instante, volvemos a estar ahí. Y ellos también. Quizá entonces aparezca uno de los recuerdos más dolorosos: el último abrazo que nunca supimos que sería el último.
Porque casi nunca reconocemos nuestras despedidas definitivas. La vida continúa entre obligaciones y preocupaciones aparentemente indispensables, hasta que descubrimos que aquellos instantes sencillos eran algunos de los más valiosos que tuvimos.
Y quisiéramos regresar. No necesariamente para corregir el pasado. A veces bastaría con sentarnos unos minutos más, escuchar otra vez una historia familiar o contemplar con mayor atención un rostro que creíamos que siempre estaría ahí.
Pero el tiempo solamente conoce una dirección. La música, en cambio, parece encontrar pequeños caminos de regreso.

En 2002, Warren Zevon recibió un diagnóstico de mesotelioma avanzado. Los médicos le advirtieron que su vida podía terminar en cuestión de meses.
Durante décadas, Zevon había convertido el sarcasmo, el humor negro y las tragedias humanas en canciones memorables. Ahora se encontraba frente a aquello que tantas veces había explorado desde la ficción. Su propia muerte.
En octubre de aquel año apareció en el programa de David Letterman. Cuando el presentador le preguntó qué había aprendido sobre la vida después de conocer su enfermedad, Zevon respondió con una frase extraordinariamente sencilla: Disfruta cada sándwich.
No había grandes teorías ni respuestas filosóficas inaccesibles. Solamente una invitación a reconocer el inmenso valor de las cosas pequeñas que dejamos pasar mientras esperamos acontecimientos que consideramos más importantes.
Zevon decidió dedicar parte del tiempo que le quedaba a grabar un último álbum. The Wind apareció en agosto de 2003, apenas doce días antes de su fallecimiento. Numerosos amigos y músicos lo acompañaron durante aquellas sesiones que terminarían convirtiéndose en una despedida.
La última canción del disco llevaba un título tan sencillo como conmovedor: Keep Me in Your Heart. Escrita junto a Jorge Calderón, la composición renuncia a los grandes dramatismos. Una guitarra acústica, una melodía serena y la voz de un hombre consciente de su fragilidad bastan para construir un testimonio profundamente íntimo. Zevon no pretende vencer a la muerte. Tampoco le exige al mundo que se detenga cuando él desaparezca.
Su deseo es más pequeño y, quizá por eso, mucho más hermoso: permanecer en el corazón de las personas que ama.
Y ahí encontramos una esperanza que no necesita resolver los misterios del más allá. No necesita un mausoleo. Ni siquiera requiere un nombre escrito en las enciclopedias.
Porque una parte de nuestra existencia también permanece en quienes compartieron la vida con nosotros. En las costumbres que heredaron, en las palabras que aprendieron a nuestro lado y en aquellas canciones que volverán a escuchar cuando sientan nuestra ausencia. Warren Zevon murió el 7 de septiembre de 2003.
Pero su despedida continúa acompañando a personas que nunca llegaron a conocerlo.
Y resulta imposible no preguntarnos cuántos de nuestros propios seres queridos permanecen de una manera semejante.
En una receta familiar. En una expresión que repetimos sin recordar quién nos la enseñó. En cierta melodía que todavía consigue hacernos sonreír antes de descubrir que también estamos llorando.

A miles de kilómetros de aquella historia, en el Istmo de Tehuantepec, otra composición había expresado décadas antes un deseo sorprendentemente parecido.
Andrés Henestrosa, escritor y poeta oaxaqueño, escribió los versos de La Martiniana, un son profundamente vinculado con las tradiciones musicales de su tierra.
Su mensaje contiene una petición conmovedora: que cuando llegue la despedida, el recuerdo encuentre compañía en los sones y en la música, y no permanezca prisionero de las lágrimas.
En 1997, Susana Harp incorporó La Martiniana a Xquenda, su primer álbum, dedicado a recuperar parte de la riqueza musical oaxaqueña.
Pero aquella composición tendría un último encuentro con su autor. En enero de 2008, Andrés Henestrosamurió a los 101 años. Durante el homenaje que se le rindió en el Palacio de Bellas Artes, Susana Harpinterpretó La Martiniana y otros sones oaxaqueños ante familiares y amigos.
La canción que el poeta había escrito muchos años atrás regresaba para acompañarlo en su propia despedida.
Y aunque hubo lágrimas, también hubo música. Aquella ceremonia demostraba que una obra puede continuar hablando cuando su autor ya no está. Que algo de nosotros puede permanecer en las palabras, los gestos y las melodías que compartimos durante nuestra existencia.
Warren Zevon había pedido un lugar en los corazones de quienes permanecerían aquí. Andrés Henestrosa había imaginado una despedida acompañada por las canciones de su tierra. Dos hombres separados por geografías, historias y tradiciones musicales distintas terminaron encontrándose en un mismo deseo.
Que el amor de quienes permanecen sea más grande que el silencio de quienes se marchan. Quizá esa sea también la esencia de nuestras ofrendas.
No colocamos fotografías porque hayamos olvidado que alguien murió. Las colocamos porque recordamos que estuvo vivo. Porque tuvo un nombre, una historia, una manera particular de reír. Porque compartió nuestros días, ocupó un lugar en nuestra mesa y dejó algo de sí mismo en las personas que hoy continuamos su camino. Y cuando encendemos una veladora, preparamos sus alimentos favoritos o escuchamos aquella canción que tanto le gustaba, no necesariamente intentamos explicar qué existe después de la muerte. Simplemente seguimos amando.
Por eso, cuando veo a un grupo de amigos conversando y riendo, pienso en lo afortunados que somos de compartir esas pláticas, existenciales o triviales, que terminan formando parte de nuestras vidas. Conocer a alguien también es adentrarnos en su historia, compartir un pequeño territorio de su existencia y echar raíces, aunque sean diminutas, en la memoria de los demás. Eso es ser inmensamente humanos. Tal vez algún día nosotros también nos convirtamos en una fotografía antigua.
Alguien encontrará nuestro rostro entre los recuerdos familiares y preguntará quiénes fuimos. Quizá otra persona recuerde alguna de nuestras manías, cuente una historia divertida o encuentre entre nuestras pertenencias un disco que solíamos escuchar.
Tal vez, cuando una canción que alguna vez cantamos vuelva a sonar en unas bocinas, alguien recuerde que estuvimos allí. Que también tuvimos una voz, una historia y una pequeña parte en la vida de quienes nos conocieron.
Qué efímera puede ser nuestra existencia y qué extraordinarias las huellas que dejamos en los demás. Ojalá entonces haya algo más que tristeza. Ojalá alguien recuerde una tarde compartida, una conversación sin importancia o una carcajada que todavía consiga atravesar los años. Porque la memoria no debería conservar únicamente el dolor de las despedidas. También merece custodiar la felicidad de los encuentros.
Y si este Día de Muertos tenemos la fortuna de sentarnos alrededor de una ofrenda, quizá convenga mirar con detenimiento aquellas fotografías. Detrás de cada rostro hubo una vida entera. Una historia de sueños, errores, esperanzas y días comunes que nadie imaginó que terminarían siendo extraordinarios. Hubo personas que nos quisieron y que, muchas veces sin saberlo, nos enseñaron algo sobre el inmenso privilegio de estar aquí. Tal vez nunca sepamos qué hay del otro lado de la existencia. O quizá algún día encontremos una respuesta que hoy ni siquiera somos capaces de imaginar. Pero mientras conservemos recuerdos, historias y canciones, tendremos una manera de seguir pronunciando sus nombres. Así que, si alguna melodía te devuelve por unos instantes la memoria de alguien a quien amaste, no tengas prisa por detenerla. Permite que regrese aquella tarde, aquella sonrisa, aquella voz que creías haber olvidado. Llora si necesitas hacerlo. Y si entre las lágrimas aparece una sonrisa, déjala quedarse. Porque quizá eso sea lo más hermoso de recordar a nuestros muertos: descubrir que su ausencia no consigue borrar la felicidad de haberlos conocido. Algún día todos seremos parte de una historia que alguien más tendrá que contar. Ojalá entonces, cuando pronuncien nuestros nombres, recuerden primero cuánto nos quisimos. Y que, en algún rincón de la casa, todavía exista una canción capaz de hacernos volver. Y si eso sucede, déjala sonar.
Porque si vivimos cien años, cien años pensaremos en ti.
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