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The Congos: Kingston, donde el tiempo aprendió a caminar despacio

Foto del escritor: Joshua M
Joshua M
23 oct
10 min de lectura

The Heart of the Congos de The Congos


En 1977, The Congos encontraron en Kingston una manera de convertir la memoria africana, la espiritualidad rastafari y la vida cotidiana de Jamaica en una extraordinaria experiencia musical. Bajo la producción de Lee Scratch Perry, Heart of the Congos nació entre los ecos del estudio Black Ark, en una ciudad atravesada por profundas tensiones políticas y sociales, pero también por una creatividad que transformaba el reggae en una expresión de identidad y resistencia. Un disco que no necesita apresurarse para llevarnos al corazón de Kingston.





Mini Ficha Técnica

Disco: Heart of the Congos

Artista: The Congos

Año de publicación: 1977

Duración: aproximadamente 55 minutos (según edición)

Productor: Lee Scratch Perry

Discográfica original: Black Art

Coordenada sonora: Kingston de los años setenta, roots reggae, espiritualidad rastafari, memoria africana, armonías vocales, percusión nyabinghi, experimentación dub y resistencia cultural.


Kingston, Jamaica. Finales de 1977.

La mañana comenzaba mucho antes de que el sol alcanzara los tejados de la ciudad. Mucho antes de que la brisa del Caribe atravesara las calles llevando consigo el olor de la sal y de los barcos que reposaban junto a la costa antes de volver a hacerse a la mar. En Coronation Market, los comerciantes llevaban horas descargando mercancías y preparando sus puestos. Había plátanos verdes, mangos maduros, costales de especias y conversaciones que atravesaban los mostradores con una familiaridad construida durante años.



En uno de los extremos del mercado, un hombre de cabello entrecano acomodaba cuidadosamente el pescado fresco sobre una cama de hielo. Sus manos, endurecidas por décadas de trabajo, se movían con la precisión de quien ya no necesita pensar demasiado en lo que hace. Había pasado buena parte de su vida entre pescadores, comerciantes y clientes que regresaban cada semana buscando algo fresco para llevar a casa y unos minutos de conversación.

Conocía a casi todos por su nombre. O mínimo por sus apodos. Sabía quién prefería llevarse el pescado entero, quién pedía que se lo limpiaran y quién terminaría regateando aunque ambos conocieran de antemano el precio final. A veces discutía, otras bromeaba y casi siempre encontraba alguna razón para reírse.

Sobre una caja de madera descansaba una pequeña radio. La música se mezclaba con los sonidos del mercado hasta que un bajo profundo comenzó a marcar un ritmo pausado. La percusión apareció detrás, ligera y constante, seguida por unas voces que parecían elevarse por encima del movimiento de la mañana.

Era Fisherman, de The Congos, una de las canciones de un disco que comenzaba a circular por Jamaicabajo el nombre de Heart of the Congos.

La voz aguda de Cedric Myton flotaba sobre las armonías mientras el bajo sostenía una cadencia que parecía no tener ninguna intención de apresurarse. La producción de Lee Scratch Perry dejaba espacio para que los instrumentos respiraran: percusiones, ecos y voces superpuestas que convertían una canción aparentemente sencilla en una experiencia envolvente.

El anciano continuó trabajando, saludó a una mujer y acompañó el ritmo golpeando suavemente los dedos contra el mostrador. Había algo profundamente familiar en aquella música. Fisherman hablaba del pescador desde una tradición espiritual en la que alimentar a los demás adquiría un significado mayor que llevar comida a la mesa. Era un idioma que trascendía las palabras, las fronteras y las lenguas oficiales. Una manera de conservar la memoria cantando.

Un desconocido se detuvo frente al puesto.

—¿Cuánto por ese? —preguntó, señalando uno de los pescados.

El vendedor respondió con una cantidad.

—¿Y si me llevo dos?

—Entonces tendrás pescado para dos comidas.

Ambos soltaron una carcajada. En Kingston, aquella mañana, el reggae no había llegado para interrumpir la jornada. Estaba allí para acompañarla.

El comprador guardó sus pescados y abandonó Coronation Market rumbo a Orange Street. Su madre le había encargado la comida y, aunque protestaba cada vez que recibía una nueva encomienda, jamás dejaba de cumplirla. En Kingston, las obligaciones familiares podían parecerse bastante a una forma de cariño.

Conforme avanzaba, los sonidos del mercado fueron sustituidos por los de los automóviles, las persianas metálicas de los comercios y, sobre todo, la música que escapaba de las tiendas de discos. Orange Street, conocida como Beat Street, llevaba años reuniendo músicos, productores y vendedores que habían convertido aquellas calles en uno de los corazones sonoros de Jamaica.

Frente a una pequeña tienda, varios jóvenes escuchaban una grabación recién colocada sobre el tocadiscos. Entonces comenzó Congoman. Las percusiones adquirieron una fuerza ceremonial y las voces de The Congos se entrelazaron en una sucesión de llamadas y respuestas. La voz aguda de Cedric Mytonencontraba su contrapeso en registros más graves, mientras el bajo sostenía una cadencia hipnótica.

Aquella música hablaba de una memoria mucho más antigua que las calles de Kingston. Para el movimiento rastafari, África no era solamente un territorio distante, sino una referencia espiritual y ancestral. Etiopía, la figura de Haile Selassie y la resistencia frente a Babylon formaban parte de una identidad que encontraba en el reggae una poderosa manera de expresarse.

El hombre permaneció unos minutos escuchando junto a los jóvenes. Uno de ellos cerró los ojos y comenzó a seguir el ritmo con la cabeza. Afuera, Orange Street continuaba con su movimiento habitual: vendedores, automóviles, conversaciones y canciones escapando por las puertas abiertas.

Finalmente, el hombre recordó que todavía llevaba los pescados destinados a su madre. Se despidió y continuó caminando.



Detrás de él, Congoman seguía sonando. Y por un momento, aquella pequeña tienda pareció contener una distancia mucho mayor que la que separaba sus paredes: todo un océano, varias generaciones y la memoria de quienes nunca pudieron regresar a casa.

El hombre continuó caminando mientras Orange Street quedaba atrás. El sol comenzaba a imponerse sobre Kingston y, entre las fachadas de los comercios, aparecían pequeños grupos de vecinos conversando a la sombra. Frente a una vivienda, un anciano de largas rastas descansaba sobre una silla de madera mientras dos muchachos escuchaban sus palabras. No parecía estar enseñándoles nada extraordinario. Hablaban de sus familias, del trabajo y de una tierra que ninguno de ellos había conocido.

Desde una radio cercana comenzó a escucharse Open Up the Gate. Las voces de The Congos se elevaban sobre una base rítmica pausada, acompañadas por percusiones y ecos que parecían prolongar cada frase. La canción hablaba del regreso a África, de abrir las puertas hacia una tierra que el pensamiento rastafari reconocía como origen espiritual y ancestral.

Para muchos rastafari, Zion representaba esa promesa de pertenencia, mientras Babylon simbolizaba las estructuras de dominación que habían separado a generaciones enteras de su historia. No se trataba únicamente de regresar a un lugar, sino también de recuperar una identidad.

El hombre siguió su camino. Detrás de él continuaban las voces y las conversaciones. Kingston permanecía donde siempre había estado, frente al Caribe, pero algunas de sus canciones parecían mirar obstinadamente hacia la otra orilla del Atlántico.

Más al oeste, en Trench Town, la tarde transcurría entre viviendas modestas, patios compartidos y calles donde los niños encontraban espacio para jugar. Algunos perseguían una pelota desgastada; otros permanecían cerca de sus madres, que resolvían las tareas domésticas mientras conversaban con las vecinas.

No todos aquellos pequeños conocían la misma infancia. En una Kingston atravesada por las desigualdades económicas y la violencia política, crecer significaba aprender demasiado pronto que las oportunidades no estaban repartidas de manera justa. Había familias para las que conseguir alimento, conservar un empleo o mantener a sus hijos en la escuela representaba una preocupación cotidiana.



Children Crying parecía escuchar precisamente esas voces. Las armonías de The Congos adquirían el carácter de una plegaria, una petición de justicia y alimento para quienes sufrían, mientras la cadencia del reggae sostenía una esperanza que se negaba a desaparecer.

En aquellos barrios, la música no resolvía la pobreza ni borraba las diferencias sociales. Pero ofrecía algo que también resultaba necesario: la posibilidad de reconocerse en una voz compartida. Jóvenes que aprendían a tocar, vecinos que cantaban juntos y niños que crecían escuchando historias de dignidad y resistencia.

Uno de los pequeños recuperó la pelota y volvió corriendo hacia sus amigos. Desde una casa cercana escapaba una melodía que algunos comenzaron a tararear. La tarde continuó entre risas, conversaciones y preocupaciones que seguirían allí al día siguiente. Porque la esperanza no siempre llegaba anunciando grandes cambios. A veces comenzaba con una canción que alguien más se sabía de memoria.

La tarde avanzaba sobre Trench Town y los niños continuaban jugando. En uno de los patios, varias mujeres preparaban la comida mientras un grupo de vecinos conversaba a la sombra. Alguien subió el volumen de una radio y comenzó La La Bam-Bam. Las armonías de The Congos recuperaron un aire festivo, sostenidas por una sección rítmica que parecía invitar a todos a participar. Un muchacho improvisó unos pasos de baile y los demás comenzaron a reír. Kingston conocía bien sus dificultades, pero también había aprendido que la alegría podía encontrarse en las cosas más sencillas.

Sin embargo, la música de aquellos años no era únicamente celebración. En Can't Come In, las voces adquirían un carácter más severo, casi de advertencia espiritual. La fe rastafari también exigía reflexión sobre la conducta humana, sobre aquello que permitía acercarse a una vida justa y lo que terminaba alejándonos de ella. Eran preocupaciones que convivían con la realidad de una ciudad donde las desigualdades y los enfrentamientos políticos formaban parte de muchas conversaciones.

Sodom and Gomorrow y The Wrong Thing profundizaban en esa mirada crítica. Las referencias bíblicas encontraban nuevas interpretaciones entre quienes veían en Babylon la representación de la opresión y la corrupción. Kingston podía ser alegre, hospitalaria y extraordinariamente creativa, pero también conocía el miedo y la incertidumbre. El reggae no había nacido para ignorar esas contradicciones. En buena medida, había encontrado su fuerza en la posibilidad de expresarlas.



Lejos del movimiento del centro, en Washington Gardens, una pequeña construcción albergaba uno de los lugares más singulares de la música jamaicana. Allí, en el estudio Black Ark, Lee Scratch Perry había desarrollado una manera de producir discos que desafiaba las convenciones de su tiempo. Grabadoras, instrumentos, cintas manipuladas y efectos de eco transformaban las interpretaciones en paisajes sonoros. Los sonidos aparecían y desaparecían, las voces parecían multiplicarse y las percusiones encontraban espacios donde continuar resonando mucho después de haber sido ejecutadas.

Ark of the Covenant adquiría allí un significado especial. Entre referencias espirituales y armonías profundas, la canción parecía encontrar una correspondencia natural con aquel estudio donde la experimentación técnica convivía con una imaginación casi mística. Perry no había construido una catedral, pero había conseguido que una pequeña habitación guardara sonidos capaces de viajar mucho más lejos que sus paredes.

Cuando la tarde comenzó a extinguirse, Kingston continuaba su movimiento habitual. Los comerciantes cerraban sus negocios, algunas familias se reunían para cenar y las radios seguían acompañando conversaciones que difícilmente aparecerían en los libros de historia.

Entonces llegó Solid Foundation, con sus armonías cálidas y aquella cadencia que parecía reunir todas las voces escuchadas durante el día. La música regresaba a su punto de partida: la comunidad, la memoria y la esperanza. Porque una ciudad no se sostiene únicamente sobre sus edificios, sus calles o sus monumentos, sino también sobre aquello que sus habitantes consiguen conservar y transmitir. Y en Kingston, durante aquel 1977, algunas de esas historias permanecieron dentro de un disco.

Un disco que, muchos años después, todavía parecía conocer el camino de regreso a casa. Para entonces, Kingston llevaba años convirtiéndose en una de las grandes capitales musicales del mundo. Del mento habían surgido nuevas expresiones populares; después llegaron el ska, el rocksteady y finalmente el reggae, acompañado por las posibilidades casi infinitas del dub. En sus pequeños estudios, tiendas de discos y sistemas de sonido, productores y músicos transformaban las experiencias de una isla caribeña en un lenguaje que terminaría escuchándose en todos los continentes. Bob Marley sería su rostro más reconocido, pero detrás de aquella revolución existían incontables voces que también merecían permanecer en la memoria.

Entre ellas estaban The Congos. Cedric Myton, Roydel Ashanti Johnson y Watty Burnett construyeron una combinación vocal extraordinaria: el falsete casi sobrenatural del primero, la calidez del tenor y la profundidad del barítono. Bajo la imaginación experimental de Lee Scratch Perry, aquellas voces adquirieron una dimensión espiritual difícil de encontrar en otros discos de la época. Heart of the Congos no necesitó conquistar inmediatamente las listas de popularidad para convertirse, con el paso de los años, en una de las grandes referencias del reggae de raíces.

Había algo profundamente significativo en aquella música. La tradición rastafari había encontrado en el ritmo, la palabra y el canto una forma de preservar su identidad, recordar sus vínculos con África y expresar sus aspiraciones de justicia y libertad. Sus referencias bíblicas, su relación espiritual con Etiopía y sus ceremonias comunitarias no eran simples imágenes exóticas: formaban parte de una cultura viva que había transformado para siempre la música jamaicana.

Quizá por eso Kingston terminó convirtiéndose en mucho más que el lugar donde nació el reggae. Era una ciudad que había aprendido a contar su historia mediante sus propios sonidos, hasta conseguir que el mundo entero comenzara a escucharlos.

Al caer la tarde, Kingston comenzaba a despedirse lentamente del sol. En Coronation Market, los comerciantes recogían sus mercancías, cerraban los puestos y se despedían hasta la mañana siguiente. Nuestro viejo vendedor de pescado guardó sus herramientas, apagó la pequeña radio y emprendió el camino de regreso a casa. Había sido un día como tantos otros. Mañana volvería a levantarse temprano, encontraría a sus conocidos y probablemente repetiría las mismas bromas que llevaba contando desde hacía años.

Más allá de las calles, el Caribe recibía los últimos reflejos del atardecer. Las embarcaciones descansaban cerca de la costa mientras el cielo abandonaba lentamente sus tonos dorados para vestirse de un azul profundo. Una a una comenzaron a aparecer las estrellas, suspendidas sobre la inmensidad del mar. Las olas llegaban a la orilla con una cadencia antigua, como si llevaran siglos interpretando una misma canción que nadie recordaba haber escuchado por primera vez.

A lo lejos, Solid Foundation parecía prolongarse entre la brisa y el rumor del agua. Quizá nadie podía imaginar cuánto cambiaría el mundo durante los años siguientes. Llegarían nuevas generaciones, otras músicas, nuevas formas de comprender la vida. Los niños crecerían, los viejos comerciantes desaparecerían de sus puestos y algunas calles terminarían pareciéndose muy poco a las que habían conocido sus habitantes. El tiempo seguiría avanzando, indiferente a nuestros esfuerzos por conservarlo.

Pero también permanecerían las cosas sencillas. Las conversaciones entre amigos, la comida compartida, las risas familiares, el sonido de las olas y alguna canción capaz de devolvernos, aunque fuera por unos minutos, a un lugar que creíamos perdido.



Aquella noche, bajo el cielo estrellado de Kingston, el mar continuó llegando a la orilla.

Y mientras las últimas notas parecían confundirse con el agua, resultaba hermoso imaginar que, sin importar cuánto cambiara la vida, siempre encontraríamos una razón para seguir escuchando música.

 

Ideal para escuchar cuando

El atardecer comienza a confundirse con el mar, las preocupaciones parecen encontrar su propio ritmo y necesitas recordar que la vida también está hecha de cosas sencillas: una conversación, una tarde sin prisas y una canción que nos acompañe mientras el tiempo sigue su camino.

 

Ruta de escucha sugerida

·      The Abyssinians – Satta Massagana (1976, Jam Sounds) Para adentrarse en la dimensión más espiritual del roots reggae: armonías vocales, referencias a Etiopía y una profunda conexión con la identidad rastafari. Un disco que parece transformar cada canción en una plegaria colectiva.

·      Burning Spear – Marcus Garvey (1975, Island Records) Para comprender cómo la memoria africana y las ideas de Marcus Garvey encontraron una voz extraordinaria en la música jamaicana. Percusiones solemnes, bajos profundos y canciones que recuperan la dignidad de los antepasados y la esperanza de las generaciones futuras.

·      Max Romeo & The Upsetters – War Ina Babylon (1976, Island Records) Para regresar al universo de Lee «Scratch» Perry y al estudio Black Ark, donde el reggae adquirió una profundidad sonora casi sobrenatural. Ecos, ritmos hipnóticos y reflexiones sobre la injusticia, la resistencia y las contradicciones de la sociedad jamaicana.

·      Culture – Two Sevens Clash (1977, Joe Gibbs) Para permanecer en la Kingston de 1977 y descubrir otra de las grandes expresiones del reggae de raíces. Profecías rastafari, espiritualidad, crítica social y armonías envolventes construyen el retrato de una isla que encontraba en la música una manera de interpretar su pasado e imaginar su futuro.

 

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